Las siete
Palabras de Jesús en la cruz.
Primera palabra
“Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen” (San Lucas 23:34)
Todas las personas mueren. Unos mueren
blasfemando, otros mueren en desesperanza y con temor. Otros mueren orando. Las
últimas palabras de una persona, pueden ser palabras de juicio, condenación,
blasfemia, desespero, miedo, derrota. Más también, las últimas palabras pueden
ser de libertad, bendición, esperanza consuelo y victoria. Los últimos gestos y
palabras de una persona, revelan como
una huella de carácter permanente, lo que la persona hizo con su vida. Cristo desde lo alto de la cruz, pronuncia
siete palabras de bienaventuranza y vida. Después de guardar silencio por el
gran sufrimiento y rechazo que tuvo que soportar, su primera palabra es de
perdón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
El lugar del Calvario en el Gólgota, era el
escenario. Unos se burlaban de Jesús: “Si eres el Hijo de Dios, baja de esa
cruz”, Otros estaban al pie de la misma echando suertes sobre su única
posesión, su túnica. Mientras los judíos y romanos lo maldecían y blasfemaban,
otros a lo lejos, que eran sus seguidores, contemplaban con miedo a ser
identificados el sufrimiento de su Maestro. Jesús frente al insulto y la burla,
oraba. Al insulto, Jesús respondía con
la oración. Al odio, respondió con amor. A la venganza, con perdón.
Padre, ésta es la primera palabra que
Jesús pronuncia, después del largo silencio, después de las injusticias
del Sanedrín, de Herodes, de Pilatos. El Padre es quien lo envió al mundo para
realizar la obra de la reconciliación.
¡Que diferentes somos los cristianos! Con que
facilidad perdemos la confianza en Dios, cuando viene sobre nosotros alguna
prueba. Muchas veces le reclamamos a Dios, cuando las cosas no salen como
nosotros queremos y estamos listos para murmurar contra nuestro Dios y Padre:
No son raras las veces, en que hacemos como el profeta Jeremías, que acusamos a
Dios diciendo “ que en el furor de su ira actuó como un adversario, como un enemigo,
como un oso, como un león que tiende una emboscada” (cf Jer 12). Sigamos a
Cristo, orando a favor de quienes nos persiguen y nos maltratan, sabiendo que
¡Dios es nuestro Padre!
Mientras Jesús derrama su sangre, suplica
por clemencia y misericordia, gracia y perdón: “¡Padre perdónalos!”: Cristo
sabe que Dios castiga a los que profanan, blasfeman y toman en vano su nombre.
Dios abrió la tierra para que esta se tragara a la tribu de Coré. Carbonizó a
los soldados que criticaban al profeta Elías. Envió osos para que devoraran a
los 42 jóvenes que ridiculizaban al profeta Eliseo. ¿Qué castigo les esperaba a
aquellos que se burlaban y blasfemaban del Hijo de Dios?. Por eso Cristo clama
al Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Cristo ora por los
soldados que le azotaron, por aquellos que clavaron sus manos y sus pies, por
los sacerdotes y principales del Sanedrín, por los príncipes y ancianos, por
Pilatos, Herodes y por aquellos que gritaban: “Crucifícalo”, oraba por los
discípulos que huyeron despavoridos. Cristo ora e intercede a favor de todos
los seres humanos. El también ora a favor nuestro: “Padre perdónalos”
Señor, gracias
por perdonar nuestros pecados y transgresiones.
Segunda Palabra.
“De cierto te
digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso” (San Lucas 23:43)
Jesús en la cruz, le quedan muy pocos
minutos de vida. ¿Qué harías tú sabiendo que te quedan unos pocos minutos de
vida?
Uno de los malhechores que estaba al lado
de Jesús, le quedan muy pocos minutos
antes de morir, tiene una petición a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando
vengas en tu reino” (v.42) Y Cristo pronuncia su segunda
palabra desde lo alto de la cruz: “De cierto te digo, que hoy estarás conmigo
en el paraíso”
¿Quién es el
hombre que implora: “Jesús, acuérdate de mi”?. Ignoramos su nombre. Sabemos que
era un malhechor, un ladrón, un bandido… Tal vez formaba parte de una cuadrilla
de salteadores que se encontraban en las montañas. Tal vez era conspirador, un
revolucionario que luchaba contra el Imperio Romano, un zelote. Sus actos lo
llevaron a la muerte en la cruz. Y ahora, está al
lado de Cristo suplicando: Señor, acuérdate de mi”: Al hacer esta petición,
este hombre ya no era el mismo de antes. Con toda seguridad escuchó y vio todo
lo que pasó con Jesucristo en Jerusalén. En el camino del calvario, vio el
sufrimiento de Hombre Justo y sin pecado. Las palabras que Jesús dirigió a las
mujeres de Jerusalén. Escucharía también, la primera palabra de Jesús: “Padre perdónalos porque no saben lo que
hacen”. Y la Palabra de Dios, que no regresa vacía, hace eco en la vida de
aquel agonizante hombre. Se arrepiente de sus pecados, y en seguida la súplica
por su salvación:¡ “Jesús, acuérdate de mi”!
Cristo, escuchando el clamor de un pecador
arrepentido, no establece condiciones, ni la enumeración de sus pecados, ni penitencia, sino que con toda solicitud y
prontitud atiende la súplica: “Acuérdate de mi” y le responde de inmediato: “De
cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso”. ¡Cuanto amor, bondad, y
misericordia hay en Jesús!
¡Qué diferencia tan grande con el sistema
religioso – filosófico- medieval tomista, que esclavizó y sumergió a la Iglesia en las tinieblas
en cuanto, a la confesión, absolución y penitencia! En las palabras de Jesús,
no existe exigencia de la “enumeración de pecados”, “ni penitencia post
absolución”, “ni sistemas de indulgencias pagas por el penitente”, “ni
purgatorio” y mucho menos, “misas de intercesión por los difuntos”, “para sacarlo del purgatorio”.
Los pecados de este hombre, que eran muchos, habían sido perdonados por
completo” (Sal 32:1). El sacrificio vicario de Jesucristo, canceló totalmente
la deuda que había de nuestro pecado y enemistad contra Dios, a través del
“derramamiento de su preciosa sangre y su inocente pasión y muerte”.(Lutero). El
perdón que Jesús da al pecador arrepentido desde la cruz, es un perdón completo
e incondicional. Es un perdón de pura gracia dado por Dios, que viene a
consolar a un corazón que en arrepentimiento y fe, confiesa su pecado y confía en la pura palabra de Cristo, su
Evangelio. No exige nada, ni de él, ni de sus deudos o familiares si es que
estaban cerca. Jesús no exige nada este hombre, ni de ningún otro hombre, porque las puertas de la eternidad estaban
abiertas de par en par para él, y El lo
pagó todo, absolutamente todo. Es por pura gracia, sin méritos
y/o ninguna obra humana.
Cristo perdona a este pecador que viene a él arrepentido, confesando sus pecados, y le da perdón completo, consuelo, paz, felicidad,
gozo, y la certeza de tener vida eterna ,que viene de la confianza en su muerte
y resurrección. Así también lo hace con nosotros, cuando confesamos nuestros
pecados y recibimos la absolución de Dios por parte del ministro que escucha
nuestra confesión, así como también recibimos la absolución en el culto público
o Misa. Hay gran alegría y saberse amado y perdonado por Cristo. Ven a Cristo
que te llama con su mirada amorosa y su Evangelio: Y así, si en la hora de la
muerte suplicas: “ Jesús acuérdate de
mi”. El te dirá: “De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Señor. Gracias
porque tienes compasión de mi, y me das completo perdón, paz y gozo. Amén.
Tercera Palabra:
“Mujer, he ahí a tu hijo… He ahí a tu madre”. (San Juan 19:26, 27)
Sufriendo sed, con los clavos rasgando los
puños y los pies, sintiendo el ardor de los azotes y la corona de espinas
clavadas en la cabeza, Jesús ve a su
buena madre, entre la multitud que estaba agolpada frente a
él. Cargando con las transgresiones e iniquidades de todos los seres humanos,
Cristo se acuerda de su madre. “ Mujer, he ahí a tu hijo”. Amor profundo,
sublime eterno, sublime y divino que el Dios hecho hombre demuestra a esta
dulce mujer, que lo envolvió en pañales al nacer en Belén, que lo apretó en los
brazos para huir de la espada de Herodes que quería matarlo muy pequeño, que
después de tres días de búsqueda, lo reprendió cuando lo encontró en el templo de Jerusalén, que lo
recomendó en las Bodas de Caná de Galilea, que había “guardado todas las cosas
que habrían de venir en su corazón”, se encuentra ahora al pie de la cruz. Es
María, su madre.
Cuanto dolor hay en la vida de esta madre.
Su único hijo, que tanto bien hizo al pueblo, ahora está colgado y crucificado
en una cruz. Temblorosa, con los ojos
bañados de lágrimas, llena de dolor, se siente también abandonada y
desamparada, aguarda una última palabra de su hijo. Y Jesús viendo y sintiendo
el dolor de su madre le dice: “Mujer, he ahí a tu hijo” Después mirando a Juan “el
discípulo amado” le dice: “He ahí a tu madre”.
Este es el testamento de Jesús. Juan tiene
en María una segunda madre. María tiene en Juan un segundo hijo, un hogar donde
pasaría sus últimos días y un hombre que cuide de ella. El evangelista concluye
diciendo: “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
Cristo cumple
por nosotros el cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”. El libro
de Proverbios nos exhorta: “No desprecies a tu madre cuando la veas envejecer”.
Aún en medio del dolor, el sufrimiento y la muerte, Cristo amparó a su
discípulo y a su madre. En el día de hoy, él nos ampara : “Invócame en el día
de angustia; yo te libraré, y tú me honrarás”. (Sal 50:14). El apóstol nos
exhorta: Confíen en él toda vuestra ansiedad, porque él tiene cuidado de
vosotros”. Aún dentro de la gran multitud, Jesús no se olvida de ti.
“Pon tu vida al
cuidado de Dios, confía en él y él vendrá en tu ayuda” (Sal 37:5)
Señor Jesús,
ampara a este pobre hijo tuyo. Amén.
Cuarta Palabra:
“Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” (San Mateo
27:46)
¿Quién puede escudriñar la longitud y
profundidad de este grito de abandono del Salvador? ¿Cómo comprender el
misterio que engloba este grito desde lo alto del Calvario?. Son palabras
insondables, que van mucho más allá de toda comprensión humana. Son palabras que revelan la gravedad de los
pecados de la humanidad en los cuales están incluidos tus pecados y los míos, y
también revelan la profundidad del amor de Dios.
Sintiendo y asumiendo el peso de los pecados de toda la
humanidad, Cristo siente el rigor de la soledad y el abandono de Dios. Cristo
es abandonado. Cristo lucha por la redención de la humanidad, aunque no cometió
pecado alguno. Cristo carga sobre sí, los pecados de todos los seres humanos, y
se hace así el mayor de todos los
pecadores “Aquel que no cometió pecado, se hizo pecado por nosotros para que
fuésemos justicia de Dios en él”. Por eso el Padre aparta su rostro de Jesús, y
Jesús es abandonado de Dios. Sintiendo los horrores del infierno y el aguijón
de la muerte, Jesús exclama: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?.
Aunque este es el único pasaje de la Escritura en que Jesús no llama a Dios
como Padre, sino Dios mío, él no pierde su confianza en el Padre. Jesús no
desespera de sí, sino que encomienda su causa a quien lo envió, y encomienda su
causa al Padre.
Dios mío, Dios
mío, ¿Por qué me has desamparado? No es un abandono aparente o ficticio, sino
real y verdadero. No fue un momento de debilidad o de tentación, sino un real
abandono del amor y la misericordia de Dios. No fue una ruptura o separación
entre el Padre y el Hijo, más el Padre que es Santo, privó al Hijo en aquel momento, del amor, consuelo, gracia
y misericordia, ya que llevaba sobre sí la culpa y el pecado de todos los seres
humanos, que lo enjuiciaban y lo hacía reo de muerte. Dice el profeta Isaías:
“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y
nosotros lo tuvimos por herido de Dios y abatido. Mas él, herido fue por
nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue
sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos
descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Yahvé cargó el
pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como
cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores,
enmudeció y no abrió su boca” (Isaías 53:4-7)
Cuando alguien nos pregunte: ¿Por qué Cristo
exclamó “Dios mío , Dios mío, por que me has abandonado?” Podremos responder
entonces, sin excluirnos diciendo:”Fue
por nuestra culpa y por nuestro pecado, que motivamos su gran dolor”. Y
entonces recordarás agradecido que fue por este abandono de Dios que recibió
Jesucristo, que ahora tú estás amparado por la mano poderosa de nuestro amado
Padre celestial.
¡Cristo autor de
mi vida
De la muerte
vencedor
Que por ansias
sin medida,
E incomparable
dolor.
Mi muerte tú
aniquilaste
Y mi vida
rescataste
Agradecido soy
por tanto amor.
Mi bendito
Redentor! ¡Amén.!
Quinta Palabra
“Tengo sed” (San Juan 19:28)
Los pies que llevaban a Jesús por las plazas,
las calles, los lagos, las sinagogas y hacia el templo… están inmóviles, están
perforados por largos clavos. Las manos de Jesús, que cargaron a tantos niños,
señalaba a los muertos para que salieran de sus sepulturas, manos que abrían
los ojos a los ciegos, daba oído a los sordos, bendecía a los pobres, y
confortaba a los abatidos, estas manos estaban presas y clavadas en el “madero
de la maldición”. Los labios de Jesús, que proferían bendición, perdón, vida,
consuelo y salvación, están secos y pálidos. “He sido derramado como aguas, y
todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en
medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a
mi paladar y me has puesto en el polvo de la muerte” (Sal 22: 14,15) Avanzada
la tarde, el rigor del dolor crece, los clavos, de la corona de espinas y la
asfixia que produce estar colgado en una cruz,
Jesús tienen sed. Jesús tiene sed de ver que la justicia de
Dios se cumple en él. El es el
“Bienaventurado que tiene hambre y sed de Justicia” La Justicia de Dios es
sobre El, para que El sea nuestra justicia.
“Seca está de sed su lengua; yo Yahvé los
oiré, yo el Dios de Israel no los desampararé. En las alturas abriré ríos y
fuentes en medio de valles; abriré en el desierto estanques de aguas y
manantiales de aguas en la tierra seca. Daré en el desierto cedros acacias,
arrayanes y olivos; pondré en la soledad cipreses pinos y bojes juntamente,
para que vean y conozcan, y adviertan y entiendan todos, que la mano de Yahvé
hace esto, y que el Santo de Israel lo realizó” (Isaías 41:17b-20)
Recuerda que Jesús tuvo sed. Es plenamente
hombre. Tuvo sed por todos nosotros. La sed de ser reconciliado por Dios. Jesús
tuvo sed de ser el instrumento de reconciliación de Dios con nosotros. La sed
que nosotros no tuvimos por la sequedad de nuestro pecado, Jesús la asumió
sobre si.
Sexta Palabra
“¡Consumado es! “ “ ¡Todo está cumplido!”
Jesús bebió del vino agrio y dijo: Todo está
cumplido.(San Juan 19:30)
Los acontecimientos que completan el cuadro
del sufrimiento y de la muerte de Jesús se llevaron a cabo por la
incomprensión humana. En los días de
hoy, la razón humana cuestionan la realidad de las palabras del texto bíblico:
“Jesús dijo todo está cumplido. Luego inclinó su cabeza y murió”. ¡Consumado
es!. Esto significó para el “padre de la mentira”, sus ángeles y seguidores creer que tenían la victoria sobre el Hijo de Dios. Para los
propios discípulos, la muerte de Jesús representó momentáneamente derrota,
fracaso y decepción. Ellos tampoco habían comprendido que las palabras de
Jesús: “¡Consumado es!” era un anuncio y proclamación de la victoria total
y definitiva de Dios sobre
Satanás, de la vida sobre la muerte y del cielo sobre el infierno.
La salvación estaba completa. El Salvador
podía morir en paz pues la misión que le había sido encomendada por su
Padre, fue cumplida en su totalidad.
¡Consumado es!. Consumada estaba su obra
redentora que libertó a toda la
Creación, que gemía y perecía bajo los relámpagos de la Ley que afirma que: “el
salario del pecado es la muerte” (Romanos 6:23). Más Jesús no cometió ningún
pecado. “Cristo no cometió pecado
alguno; pero por causa nuestra, Dios lo trató como el pecado mismo, para así,
por medio de Cristo, liberarnos de culpa. (2 Corintios 5:21)
¡Consumado es! Significa que Cristo hizo
todo por nosotros, por pura gracia y misericordia. La humanidad entera estaba
rescatada de la condenación del infierno. Consumada está su salvación.
En el momento de la muerte de Cristo, el
velo del templo de Jerusalén se rasgó en dos partes, vino tal oscuridad sobre
la tierra a plena luz del día, la tierra se estremeció desde sus profundidades
y hubo un gran terremoto, hizo que las rocas se despedazaran y se abrieron
muchas tumbas y muchos resucitaron de entre los muertos. Todo eso sucedió según
el testimonio de los Evangelios, para anunciar que una nueva era, un nuevo
orden comenzó para la humanidad: Cristo pagó con su muerte en la cruz, el
rescate de toda nuestra deuda con Dios.
Confiemos también en esta promesa del Salvador: “tus
pecados te son perdonados; tu fe te salvó, vete en paz” ( San Lucas 7: 48,50 )
Séptima Palabra.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (San Lucas
23:46)
Muerte, Cristo murió. El hombre tiene miedo
de la muerte. Muchos poetas y escritores hacen referencia a la muerte de manera
sombría y muchas veces con desesperanza e incertidumbre. El pecado es el
aguijón que atemoriza al hombre. El pecado es la causa de la muerte y el que
causa el temor en las personas a afrontarla.
Cristo
murió. Fue sepultado. Murió por causa de los pecados de toda la humanidad. No
fue porque él haya pecado, ya que, “Jesús nunca
pecó ni hubo engaño en su boca”.
La
muerte de Jesús fue horrorosa y cruel. Sufrió dolores que no se pueden
imaginar. Fue engañado y vendido por uno de sus discípulos, recibió un juicio
injusto. Sudó gotas de sangre en el huerto de Getsemaní, fue azotado sin
clemencia, fue clavado en una cruz y recibió en la cabeza una corona de espinas.
Más el momento de su muerte fue sublime y bello, lleno de gran paz.
Consumada estaba
la obra de la redención, consumados todos los sufrimientos. Cristo eleva sus
ojos al cielo y dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Cristo sabe
como morir. Sabe entregar su vida en las manos amorosas de Dios Padre.
Las personas que
están cercanas a la cruz, se dan cuenta
a través de estas palabras quien es Jesús. El centurión romano puede
decir: “verdaderamente , este era un hombre justo” y los que observaban a Jesús
comenzaron a “darse golpes de pecho”,
después de escuchar esta última palabra.
También nosotros moriremos, tú morirás. ¿Cómo
será tu muerte? ¿Dónde encontrarás la respuesta y descanso a tu muerte . ¡En La
muerte de Cristo!. También, cada uno de nosotros, gracias a la muerte
expiatoria de Cristo, tiene en Dios un Padre bondadoso y misericordioso. También tú puedes tener una bella muerte como
la de Cristo. Esteban siguió el ejemplo de su Salvador diciendo: Señor, en tus
manos encomiendo mi espíritu. Juan Huss, reformador en Bohemia unos cien años
antes de Lutero, antes de morir quemado en hoguera dijo cantando “Señor Hijo de
David, ten misericordia de mí”. Lutero aprendió de Jesús el arte de una bella
muerte cuando oró así: “Oh Padre celestial, aunque yo deje este cuerpo, deje
esta vida, yo se que estaré con Jesús para siempre. Recibe en tu seno mi pobre
alma”.
Ten presentes las palabras que el Señor tu
Dios te da, confía tu vida a sus cuidados, así cuando llegue la hora del
encuentro definitivo, podrás decir con toda seguridad como dijo el salmista:
“Aunque ande en valles de sombra y de
muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me
infundirán aliento” (Sal 23).
Conserva pues, el regalo que Dios te da, y en
la hora de la muerte di con Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Llegando a la
fría muerte
Conmigo ven a
estar.
Con un vencedor
tan fuerte,
En paz voy a
descansar.
Por mí sufriste tanto,
Y no me vas a
dejar. Amén.