“Su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle. Al ver la
estrella se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al
niño con su madre María y postrándose lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le
ofrecieron presentes: Oro, incienso y mirra” (San
Mateo 2:2b, 10,11)
¿Cuantas personas cuando quieren ver un
ser querido, no dejan sus comodidades y emprenden un largo viaje para salir a
su encuentro?. En la narración bíblica de hoy vemos a estos hombres que
provenían de tierras lejanas. La Escritura
nos da pocos datos acerca de estos notables personajes. Los llama
“magos” que venían del oriente.
Mucho se ha especulado acerca de estas
personas venidas de lejanas tierras, para justificar aspectos y prácticas de la
magia que son condenadas incluso por la Escritura misma cuando dice: “no sea
hallado en ti quien... practique adivinación, ni agorero, ni quien eche
las suertes, ni hechicero, ni
encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos, porque es
abominación al Señor cualquiera que hace estas cosas” (Deuteronomio 18: 10, 12). Este sentido malo del que nos habla la
Escritura lo vemos en el Nuevo Testamento también el Simón el mago (Hechos 8, 9 ss) y Barjesús (Elimas) (Hechos
13, 6). Esta parte nos muestra a aquellos que viven de espaldas a Dios y
quieren vivir según sus propósitos egoístas. Según los diccionarios, la palabra
griega “magos” significaba entre los medos y los persas a la casta de sacerdotes y maestros con
experiencia y sabiduría, Preferimos la connotación positiva o buen sentido de ser llamado mago que da la
Biblia como el estudioso, lo que sería
en el día de hoy un astrónomo o estudioso de las estrellas, el sabio y prudente, el temeroso de Dios, como el caso de Daniel que es llamado el jefe
de los magos (Daniel 5:11). La actitud y
los hechos de los magos venidos de
oriente, como veremos están más bien
dentro de esta línea.
Estos hombres dejaron sus tierras y
comodidades siguiendo la estrella. Aunque se equivocaron al llegar, pues fueron
a buscarlo al centro de poder de la época (el Rey Herodes), sus visiones, no le
revelaron que era una persona “del pueblo”, que aunque era REY, su Reino nos se
conformaba según los proyectos políticos de este mundo. Nos dice la Escritura que cuando
vieron al niño con su madre, lo adoraron. Ver al Mesías es algo que no se puede
expresar con palabras, por eso lo
adoran. Ellos tienen un gozo muy grande y podían exclamar como el anciano
Símeón: “Mis ojos vieron tu salvación” (Lc 2:30),
se cumplió en ellos esa palabra de Isaías: “Tus ojos verán al Rey en su
hermosura” (33:17). Tuvieron la
experiencia de Abraham, de la cual habló Jesús cuando se dirigió a los judíos
diciendo: “Abraham vuestro padre se gozó
de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó”. (San Juan 8:56). Tienen al
Salvador delante de sus ojos por eso postrados lo adoran. Aunque es un niño de pecho, de apariencia
igual a tantos, dependiente de los cuidados de su madre, tiene la hermosura del
Rey y Salvador tal como lo expresa el apóstol Juan: “Vimos su gloria, gloria
como el unigénito del Padre” (San Juan 1:14).
Los magos dieron dos demostraciones de su
vigorosa fe en el Señor. En primer lugar, se postraron delante de un niñito que
a los ojos del mundo y delante del foro de la razón humana era algo
insignificante, y en nada justificaba las esperanzas y las expectativas que los
trajeron de tan lejanas tierras a un lugar tan modesto y ¡adoraron a Jesús!.
Pero en eso consiste la fe: apegarse a la promesa divina, confiar en las
promesas de un Dios misericordioso contra todo y cualquier argumento de su
propia razón. En segundo lugar casi de inmediato, después de momentos de
profunda adoración, viene la respuesta de un corazón agradecido, los magos
abren sus cajas protegidas de manera conveniente durante el viaje, para
ofrendar al niño lo mejor que había en sus tierras: Oro, incienso y mirra.
“Oro para el Rey, incienso a Dios
y mirra al que debía morir”, como lo cita Teofilacto (eminente exegeta del
siglo XI), prefigurando así el triple
oficio de Cristo de Rey, sacerdote – mediador
y profeta. El Rey Siervo- sufriente,
que muere por nosotros para
declararnos justos delante de Dios.
En esto se resume la
Salvación de Dios en
Cristo Jesús.
En
este tiempo de Epifanía continuamos meditando lo que Dios hizo por nosotros en
Cristo y podemos meditar en la vida de estos hombres de oriente que se
desprendieron de todo, adoraron y ofrendaron lo mejor de sí, sus vidas a Dios .
Bondadoso Dios, al meditar en la Escritura, nuestro
corazón se conmueve ante la grandeza de tu amor
por nosotros al venir tu Hijo a nacer
en el pesebre. Que nuestra vida al igual que los magos de oriente sea de
adoración y consagración a ti y a tu servicio. Que nuestra ofrenda de adoración
sea de gratitud, lo mejor, como la viuda
que dio todo lo que tenía y que sea
acompañada por el ejemplo de seguimiento y búsqueda de los magos, por el oro de
la fe, por el incienso de la oración y por la mirra del arrepentimiento. Amén.
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